viernes, 13 de diciembre de 2013

RELATO 7: Olor a canela.






Cuando desperté aquella mañana la cama aún conservaba su olor, y recuerdos de la noche pasada inundaron mi cabeza. Me parecía mentira todo lo ocurrido, ¿era aquel el milagro que me devolvió el espíritu navideño? Una sonrisa se pintó en mi cara y perezosamente me puse en pie.
La actividad frenética de aquella mañana consiguió alejarle de mi mente por unas horas, pero a la hora de comer, cuando el timbre sonó, los nervios se hicieron dueños de mi estómago. Abrí la puerta y allí estaba, alto, imponente, de sonrisa infantil. Su mirada tan calmante, en ese momento me contemplaba dulcemente.
-He traído comida del italiano que te gusta- y sin más, me dio un rápido beso y puso la mesa.
¿Así de rápido sucedía todo después de tantos años? Le miré en silencio, contemplando todos sus movimientos. Parecía que sí.
Las navidades eran las peores fechas. La última vez que le vi era Navidad, justo antes de que se fuera de mi vida. Dijimos muchas cosas y prometimos otras tantas. Al final, como siempre, no se cumplieron ni la mitad. Mucha distancia, poco tiempo...
Pero hace unos días le encontré de nuevo, en una librería de La Gran Vía. Lo cierto es que ambos vamos poco a ese tienda, pero entonces nos apetecía no sé bien el por qué, ¿casualidad o destino? Y allí estaba, más maduro, más hecho, con los mismos pelos del flequillo de punta y la misma barba de tres días.
Nos quedamos mirándonos sin saber bien qué decir, hasta que el dependiente me preguntó si buscaba algo en concreto y esa fue nuestra salvación.
Al salir de allí fuimos a una cafetería y hablamos de todos estos años con la complicidad de quien no se ha separado nunca. Sus ojos estudiaban mi cara y yo grababa en mi memoria cada una de sus expresiones. Mis manos deseaban tocar las suyas, pero no me atrevía.
Fue una tarde maravillosa que terminó con una despedida en la boca del metro. La vuelta la viví en una nube y al llegar a casa me vibró el móvil. Tenía un whatsapp, Dani me preguntaba si me apetecía comer con él al día siguiente. Casi sin pensar dije que sí. Esa noche apenas dormí.
El día empezó de cabeza, era 23 de diciembre, la gente estaba nerviosa y deseaba acabar pronto.
Habíamos quedado en su casa, un agradable piso alquilado cerca del centro de Madrid. Al cruzar la puerta un intenso olor a canela inundaba la estancia. No me lo podía creer, estaba haciendo galletas, ¿Dani?, ¿en la cocina?
Con una sonrisa me dirigí hacia allí.
-¿Qué veo aquí? El señor "no a la cocina" ha encendido el horno para hacer dulces…
-No te sorprendas tanto,- me contestó - el olor a canela me ha ayudado a pasar muchas Navidades...
En esas palabras había mucho más de lo que se decía pero no quise profundizar en ello. Me dirigí al salón y comencé a poner la mesa, luego cotilleé un poquito por el apartamento.
El salón era amplio y luminoso. Uno de los rayos que entraba por la ventana, me hizo fijarme en el mueble de la esquina. Un pequeño objeto brillaba en uno de los estantes, era la pulsera que me regaló mi madre con mi nombre. Siempre creí que la había perdido. Pero allí estaba, más brillante que nunca, tan cuidada como un tesoro, y en manos de quien no esperaba. Mientras la sostenía, incrédula, su voz resonó en la estancia:
-Siento habérmela llevado, pero tenía que tener algo tuyo…- metió las manos en los bolsillos y me miró- y eso era lo que más cerca estaba de tu piel…
Me estremecí al escucharle. No sabía qué decir. "¿También te he echado de menos?", "¿No tenías derecho a llevártela?". Le podía decir eso y muchas más cosas, pero solo quería besarle, sentirle, tocarle como hacía años que no hacía.
Dejé la pulsera donde estaba y fui hacia él. Sin más me puse de puntillas y lentamente besé su labio inferior. Él me agarró y empezó a besarme, primero dulcemente y luego... nos perdimos sin más…
Así comenzó nuestra Navidad, lo que me devolvió el espíritu navideño, nuestro pequeño milagro.
Al principio todo fue un secreto, no queríamos que nadie se entrometiera en nuestra felicidad, pero en estas fechas es algo complicado.

Decidimos contar a nuestras familias que todo volvía a estar en su sitio, nunca perdieron la esperanza de volver a vernos juntos.
 La cena de Nochevieja en casa de mis padres fue una locura de abrazos, besos, preguntas, confidencias y buenos deseos.
Él había regresado a mi vida en todos los sentidos, y esta vez, para quedarse.

                                                                                                                              Anabel.

2 comentarios:

  1. Huele a Navidad...
    Huele a amor...
    Huele a Danna...

    Que bien escribes mi niña, me encanta leerte y poder escribir contigo... orgullosa de ti preciosa

    TE QUIERO MI NIÑA

    ResponderEliminar
  2. me ha encatado todo muy romantico :) siguiente

    ResponderEliminar