Cuando
desperté aquella mañana la cama aún conservaba su olor, y recuerdos de la noche
pasada inundaron mi cabeza. Me parecía mentira todo lo ocurrido, ¿era aquel el
milagro que me devolvió el espíritu navideño? Una sonrisa se pintó en mi cara y
perezosamente me puse en pie.
La actividad
frenética de aquella mañana consiguió alejarle de mi mente por unas horas, pero
a la hora de comer, cuando el timbre sonó, los nervios se hicieron dueños de mi
estómago. Abrí la puerta y allí estaba, alto, imponente, de sonrisa infantil.
Su mirada tan calmante, en ese momento me contemplaba dulcemente.
-He traído
comida del italiano que te gusta- y sin más, me dio un rápido beso y puso la
mesa.
¿Así de
rápido sucedía todo después de tantos años? Le miré en silencio, contemplando todos
sus movimientos. Parecía que sí.
Las
navidades eran las peores fechas. La última vez que le vi era Navidad, justo
antes de que se fuera de mi vida. Dijimos muchas cosas y prometimos otras
tantas. Al final, como siempre, no se cumplieron ni la mitad. Mucha distancia,
poco tiempo...
Pero hace
unos días le encontré de nuevo, en una librería de La Gran Vía. Lo cierto es
que ambos vamos poco a ese tienda, pero entonces nos apetecía no sé bien el por
qué, ¿casualidad o destino? Y allí estaba, más maduro, más hecho, con los
mismos pelos del flequillo de punta y la misma barba de tres días.
Nos quedamos
mirándonos sin saber bien qué decir, hasta que el dependiente me preguntó si
buscaba algo en concreto y esa fue nuestra salvación.
Al salir de
allí fuimos a una cafetería y hablamos de todos estos años con la complicidad
de quien no se ha separado nunca. Sus ojos estudiaban mi cara y yo grababa en
mi memoria cada una de sus expresiones. Mis manos deseaban tocar las suyas,
pero no me atrevía.
Fue una
tarde maravillosa que terminó con una despedida en la boca del metro. La vuelta
la viví en una nube y al llegar a casa me vibró el móvil. Tenía un whatsapp, Dani
me preguntaba si me apetecía comer con él al día siguiente. Casi sin pensar
dije que sí. Esa noche apenas dormí.
El día
empezó de cabeza, era 23 de diciembre, la gente estaba nerviosa y deseaba
acabar pronto.
Habíamos
quedado en su casa, un agradable piso alquilado cerca del centro de Madrid. Al
cruzar la puerta un intenso olor a canela inundaba la estancia. No me lo podía
creer, estaba haciendo galletas, ¿Dani?, ¿en la cocina?
Con
una sonrisa me dirigí hacia allí.
-¿Qué veo
aquí? El señor "no a la cocina" ha encendido el horno para hacer
dulces…
-No te
sorprendas tanto,- me contestó - el olor a canela me ha ayudado a pasar muchas
Navidades...
En esas
palabras había mucho más de lo que se decía pero no quise profundizar en ello.
Me dirigí al salón y comencé a poner la mesa, luego cotilleé un poquito por el
apartamento.
El salón era
amplio y luminoso. Uno de los rayos que entraba por la ventana, me hizo fijarme
en el mueble de la esquina. Un pequeño objeto brillaba en uno de los estantes,
era la pulsera que me regaló mi madre con mi nombre. Siempre creí que la había
perdido. Pero allí estaba, más brillante que nunca, tan cuidada como un tesoro,
y en manos de quien no esperaba. Mientras la sostenía, incrédula, su voz resonó
en la estancia:
-Siento
habérmela llevado, pero tenía que tener algo tuyo…- metió las manos en los
bolsillos y me miró- y eso era lo que más cerca estaba de tu piel…
Me estremecí
al escucharle. No sabía qué decir. "¿También te he echado de menos?",
"¿No tenías derecho a llevártela?". Le podía decir eso y muchas más
cosas, pero solo quería besarle, sentirle, tocarle como hacía años que no
hacía.
Dejé la
pulsera donde estaba y fui hacia él. Sin más me puse de puntillas y lentamente
besé su labio inferior. Él me agarró y empezó a besarme, primero dulcemente y
luego... nos perdimos sin más…
Así
comenzó nuestra Navidad, lo que me devolvió el espíritu navideño, nuestro
pequeño milagro.
Al
principio todo fue un secreto, no queríamos que nadie se entrometiera en
nuestra felicidad, pero en estas fechas es algo complicado.
Decidimos contar a
nuestras familias que todo volvía a estar en su sitio, nunca perdieron la
esperanza de volver a vernos juntos.
La cena de Nochevieja en casa de mis padres
fue una locura de abrazos, besos, preguntas, confidencias y buenos deseos.
Él había regresado a mi
vida en todos los sentidos, y esta vez, para quedarse.
Anabel.
Anabel.
Huele a Navidad...
ResponderEliminarHuele a amor...
Huele a Danna...
Que bien escribes mi niña, me encanta leerte y poder escribir contigo... orgullosa de ti preciosa
TE QUIERO MI NIÑA
me ha encatado todo muy romantico :) siguiente
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